Maldita corrupción!

 La palabra traficante de terrenos nunca tuvo tanta relevancia para mí como la tiene hoy por hoy. Nunca experimenté tan terrible situación como la que atravieso hoy.

Soy una dirigente que tiene a su cargo 30 familias que a lo alto de un cerro busca un espacio para vivir, desde inicios de tiempo siempre e buscado hacer las cosas correctas mantenerme en la línea de la honestidad, veracidad y humildad, conozco la necesidad de las personas de bajo recursos y desde donde esté procuro dar lo mejor para el progreso de todos.

No fui consciente del riesgo que implicaba el tener a cargo áreas de tierra otorgadas a personas humildes y de gran necesidad, nunca los vi desde una perspectiva lucrativa, creí que esto es misericordia de Dios para con los menos bendecidos a quienes les tocaba aprender de una manera ardua lo que es ganarse la vida.

Un tiempo de pandemia obligó a muchos a acogerse en los senos de familiares con mayores posibilidades quienes ofrecían su cobijo en casa, obligando los a desprenderse por un tiempo de su más sufrido logro. Nadie pensó por un segundo que ese pequeño distanciamiento ocasionaría la peor de las pesadillas para todas las familias humildes y bajas condiciones económicas. Un día 4 hombres con casaca inflada, gorra y mascarilla ingresaron por las calles de aquel cerro, cuatro hombres con armas en mano, por supuesto ellos lo harían de noche  aprovecharían la densidad del anochecer que favorecía su proceder...

Ese sería el inicio de tantos hechos que hicieron de esta servidora un blanco perfecto de desvelos, nervios, incertidumbre, angustias y todo lo humanamente difícil de soportarlo en cada una de las noches.

Día a día iré contando los episodios que atormentan mi paz mental, me quita el sueño y devora mis alimentos.

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